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Cuentos

Cuento: Premonición fallida

by Jorge Machin on November 2, 2008 · 4 comments

in Cuentos, Personal

Hace un mes tuve un sueño que se sentía muy real. Uno de esos sueños en los que hay un silencio muy puro donde podrías jurar que puedes percibir las fragancias del ambiente. La luz era muy brillante; a lo lejos parecía hecha por una infinidad de hilos y de un hermoso verde metálico donde era reflejada por el rocío de las plantas. Paradójicamente, los objetos y el color de la ropa de la gente se veían deslavados por esa luminosidad.

Estaba maravillado, pero al tomar conciencia de ese lugar, sabía que estaba por acabar mi ensoñación. Desesperadamente miré hacia los lados tratando de capturar todos sus detalles para no olvidarlo al regresar a mi habitación. Al girar a la derecha, la iluminación del día comenzó a cambiar bruscamente con forme movía el cuerpo como si yo fuera el tornillo de ajuste de las horas del reloj que marca el tiempo en la tierra. Sin embargo, no presté mucha atención a ese fenómeno porque mi mirada fue atraída como un imán a un especie de estudio de diseñadores. En él se distinguía a través de sus vidrios un cartel que retrataba a una mujer que usaba un vestido negro que contrastaba con la pálidez de su maquillaje. En frente del cartel había una mesa desordenada con restos de comida y sus envoltorios. A la izquierda, se encontraba un locker abierto con una camisa blanca colganda de un gancho.

El sonido de unos murmullos hizo que desviara mi mirada a unos metros del estudio donde había una fachada con unas escaleras amplias que terminaban en un par de puertas abiertas. Ahí estaba parado un pequeño grupo de personas; todas ellas elegantemente vestidas con trajes de noche e iluminadas por varios focos pequeños de luz natural ubicados en el techo. Lo último que ví fue que la oscuridad le daba nitídez a la escena a costa de una sensación de frío.

Al despertar, apunté todo lo que había visto porque sabía que tenía que hacer algo en ese lugar; aunque nada en el sueño me lo había indicado. Curiosamente, pude ver que todas las claves que necesitaba para descubrir ese mítico lugar estaban en la realidad. De hecho, lo encontré fácilmente en Internet al suponer que las personas de la escalera esperaban a que diera comienzo una representación teatral. La fecha y la hora junto con el nombre de la obra se podían vislumbrar por los horarios de las funciones y los detalles finales del sueño.

¿Cómo podría ser esto posible? Seguramente mi subconsciente ya conocía de alguna forma todas las piezas del rompecabezas y sin revolverlas mucho fabricó ese sitio. Al ver la foto del teatro en la pantalla de mi computadora, me dí cuenta que ya había pasado alguna vez junto a él en una visita a las oficinas en Insurgentes de un cliente. El estudio de diseñadores resultó estar a unas cuadras de mi trabajo en la Colonia Roma.

Tratar de explicar un sueño se vuelve vano cuando las preguntas que realmente me inquietaban eran otras: ¿Voy a ir e ese lugar sea el destino o no? ¿Voy a tener un romance con la mujer del cartel? Por un lado, después de todo, sólo era estar en ese lugar a esa hora para averiguarlo. Pero por el otro, todo esto era una verdadera locura. ¿Cuál sería el tamaño de mi curiosidad o del fastidio en mi vida que decidí hacerlo?

A partir de ahí, pensé que las cosas fluirían de forma automática como hasta ahora. Después de todo, era algo que tenía que pasar. Pero ocurrió todo lo contrario... todo parecía que se movía para no dejarme cumplir mi misión. Al ir a recoger el boleto de la obra de teatro, perdí la tarjeta de crédito que era indispensable para comprobar la compra electrónica. Después, los empleados no quisieron darme el boleto a pesar de haber regresado con mi identificación. Aún no lo puedo creer, ¡hasta terminé desperdiciando dinero! Eso me dolió al punto de casi desistir, pero las dificultades lo convirtieron en una obsesión. No importaba que tuviera que gastar más dinero comprando el boleto varias veces. Incluso iba a emplear todo el tiempo que fuera necesario en esta aventura.

Sería atrevido decir que hasta el tránsito del Distrito Federal y las eternas paradas del metro me obstaculizaron el día de la cita, pero supongo que era de esperar congestionamientos en una de las ciudades más pobladas del mundo. Aún así, en forma de reclamo a un ser invisible, repetí varias veces con desesperación la frase "Déjame llegar" dentro de los vagones del metro. Recuerdo que estuve a punto de pedirle al taxista que me llevó en la última parte del recorrido que no hiciera caso a los semáforos que se empeñaban en no mostrar la añorada luz que me dejaría llegar por fin. En mi mente le suplicaba que corriera lo más rápido posible porque el tiempo se estaba volviendo en mi contra.

Finalmente, con mucha paciencia y una gripa a cuestas, estuve ahí y sólo unos segundos antes de la hora. Crucé la calle, esquivé los coches que estaban estacionados al frente, evite pisar los discos piratas que estaban en el suelo, subí las escaleras y ahí estaba una hermosa mujer con un vestido rojo cuya belleza evitaba que pusiera mi mirada en las demás. Me vió, no dijo nada y volteó rápidamente para el otro lado. Creo que hasta le molestó que su mirada se hubiera cruzado con la mía.

Por un momento me quedé pensando: ¡Hice todo! ¿Ahora qué? Y de pronto mi alma se tranquilizó como el día que terminé mis estudios. Con ese sentir supe que mi deber ahí había terminado. Lo malo es que no sabía cual era el propósito de todo o si realmente algo había sucedido.

Ahora que estoy escribiendo esta historia en mi blog, tratando de entender algo suprarrealista, me pregunto: ¿Será este post otra pieza que cae del dominó o realmente acabó todo? Tal vez ahora soy yo quien quiere provocar las cosas lanzando esta botella al mar.

Copyright © Jorge Machin - 2008, 2009

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